Resulta que pasa esto, que yo tenía una amiga con la que jugaba en el patio de la vida a hacer historias verosímiles con mi vida. Resulta que me enamoré de mi amiga un día, secretamente, pero no le dije nada porque ella lo adivinaba en todas esas veces en que yo corría de mi vida que me dejaba siempre vacía de sentido hacia donde ella estaba para que me llenara de su belleza inconmensurable de las palabras que me definian y acurrucaban y que no se acababan nunca.
Era tan bella, tan cálida, y, a pesar de tener características amables, se parecía a mí en esos aspectos en los que uno busca concordancias.
La abrazaba, le contaba mi vida y ella la suya y siempre era fascinante saber de ella en las voces de otros caballeros y señoras y saber que ella hablaba de mí en las voces de esas personas y regocijarme con esa idea.
Pero hace poco su cara fue volviéndose distinta, ya no era mi reflejo esperado, ni lo que yo quisiera, ya no me consentía. Se vistió de un rojo oscuro y se puso de pie, dejando atrás su vestimenta blanca de amabilidad conmigo. Se alejó y me miró con ojos adultos, adiviné dentro de su mente mucho más de lo que alguna vez creí que habría. Entonces tomó entre sus manos mi rostro, y sus palabras susurraron que yo no sabía qué estaba haciendo. Me dijo si en realidad quería conocerla "de ese modo", robando a cada segundo en el que sus ojos me miraban un poco más de mi alma.
Y lloré de rabia y de pena, mirándola pensativa ante mi impotencia. Maduró junto con mi amor por ella. Y al darme cuenta de que mi amor había crecido, supe que ella ya no era la pequeña que amé.
Frente a mí tenía a una literatura adulta mirándome fijamente, desafíandome a olvidarla.
viernes, 13 de marzo de 2009
miércoles, 18 de febrero de 2009
tragedia opcional.
Los pasos agitados, el corazón latiendo desaforadamente, corriendo del miedo, con miedo dentro. No volverá a pasar, se dice una y otra vez mientras sus ojos tratan de sellarse a las lágrimas que brotan sin parar. Sus ojos se cierran sin tomar en cuenta que corre por un lugar desconocido, no importa tropezar, está claro que nadie corre detrás, no está corriendo por eso. La noche esconde su huída, esconde su rabia, su dolor.
Ya basta de mí, de ser yo quien arruine todo. No volveré a contar la historia de la vez en que mi vida se pudrió junto a otra, jurando que eso era lo que todos llamaban amor, ¡ya basta! Su monólogo entrecortado por jadeos va dejándose caer por el camino, ornamentando de palabras grises y crispadas las casas que presencian en el momento fugaz de su pasar. La vista está cada vez más borrosa, su cuerpo entero palpita, siente que su corazón ha crecido dentro de su cuerpo, siente que no es un palpitar, son patadas, son golpes. Su corazón está golpeando desde dentro.
Se sienta en un rincón. Estoy tiritando, me duele el pecho. Acá dentro ya no hay cordura, ya no hay razones, ya no hay un sentido, todo me está abandonando. En sus ojos cerrados no hay más que una imagen, la última imagen donde aquella persona quedó detrás de sus pasos. No, de nuevo no. No puedo seguir corriendo de esto, seguir hiriéndome, seguir siendo un montón de espinas con sentimientos dañados dentro. La pérdida vuelve a sus brazos, vestida de violeta. La reconoce de inmediato, le sonríe cansadamente. Lentamente, se acerca y muestra su rostro pálido poco antes de entrar en su pecho causándole una punzada fría y certera. Entonces, levantándose en seco, sus ojos se abren bruscamente. Y si también huyó, y si mi intento es en vano. No me importa.
Sus pasos buscan el camino que a tientas usó para huir de esa ausencia. Llega a la avenida donde ellos dejaron de ser lo que eran. Entre los árboles se dibuja una silueta lejana, su corazón da un vuelco y late, late cada vez más fuerte. Corre sin darse cuenta de que está corriendo, sin cansarse, sin sentir dolor en su cuerpo, el cansancio de su corazón. La silueta sigue alejándose, desapareciendo. Grita su nombre. Una vez, dos veces. Una tercera vez que es un aullido desgarrador que convoca a esa silueta, haciendo que aquella silueta remota se detenga. Sus piernas no han dejado de correr y de pronto ya está cerca, ya está sintiendo el calor de su pecho. “Ya pasó”, le dice tiernamente, y eso provoca una sonrisa de tranquilidad en sus labios trémulos. Su respiración agitada relata una vida corriendo de temores, y un momento de desesperación terrible anterior, cierra los ojos para enjugarse las lágrimas. “Mírame”, le dice y sus ojos se abren. Pero no logra ver nada, sin aliento aún, sollozando trata de explicarle. Le pregunta qué ocurre, la exasperación es horrible y su voz no logra articular una sola palabra. Se aferra a su pecho, tiritando más que nunca de miedo, escucha sus palabras cada vez más exaltadas, le gustaría poder explicarle, si tan sólo supiera qué está pasando.
No ve, no puede ver nada, ni decir nada. De pronto ya no oye, no siente su calor. Ni el suyo propio. Busca un latir dentro, pero es demasiado tarde como para darse cuenta de que su corazón explotó en miles de pedazos que cayeron sobre el piso poco antes de llegar a sus brazos. Tantos pedazos que nadie lo notaría jamás. Ni aquella persona que abraza su cuerpo sin respuesta alguna, que sacude su cuerpo sin cesar. Que dice su nombre en su oído, aquella persona no podrá notar el momento exacto en que el último pliegue de su cerebro desapareció. No entenderá nunca que murió de miedo, un miedo frío en su pecho causado por la pérdida violeta asfixiando su amor, un miedo que ni su presencia tardía pudo calmar.
Ya basta de mí, de ser yo quien arruine todo. No volveré a contar la historia de la vez en que mi vida se pudrió junto a otra, jurando que eso era lo que todos llamaban amor, ¡ya basta! Su monólogo entrecortado por jadeos va dejándose caer por el camino, ornamentando de palabras grises y crispadas las casas que presencian en el momento fugaz de su pasar. La vista está cada vez más borrosa, su cuerpo entero palpita, siente que su corazón ha crecido dentro de su cuerpo, siente que no es un palpitar, son patadas, son golpes. Su corazón está golpeando desde dentro.
Se sienta en un rincón. Estoy tiritando, me duele el pecho. Acá dentro ya no hay cordura, ya no hay razones, ya no hay un sentido, todo me está abandonando. En sus ojos cerrados no hay más que una imagen, la última imagen donde aquella persona quedó detrás de sus pasos. No, de nuevo no. No puedo seguir corriendo de esto, seguir hiriéndome, seguir siendo un montón de espinas con sentimientos dañados dentro. La pérdida vuelve a sus brazos, vestida de violeta. La reconoce de inmediato, le sonríe cansadamente. Lentamente, se acerca y muestra su rostro pálido poco antes de entrar en su pecho causándole una punzada fría y certera. Entonces, levantándose en seco, sus ojos se abren bruscamente. Y si también huyó, y si mi intento es en vano. No me importa.
Sus pasos buscan el camino que a tientas usó para huir de esa ausencia. Llega a la avenida donde ellos dejaron de ser lo que eran. Entre los árboles se dibuja una silueta lejana, su corazón da un vuelco y late, late cada vez más fuerte. Corre sin darse cuenta de que está corriendo, sin cansarse, sin sentir dolor en su cuerpo, el cansancio de su corazón. La silueta sigue alejándose, desapareciendo. Grita su nombre. Una vez, dos veces. Una tercera vez que es un aullido desgarrador que convoca a esa silueta, haciendo que aquella silueta remota se detenga. Sus piernas no han dejado de correr y de pronto ya está cerca, ya está sintiendo el calor de su pecho. “Ya pasó”, le dice tiernamente, y eso provoca una sonrisa de tranquilidad en sus labios trémulos. Su respiración agitada relata una vida corriendo de temores, y un momento de desesperación terrible anterior, cierra los ojos para enjugarse las lágrimas. “Mírame”, le dice y sus ojos se abren. Pero no logra ver nada, sin aliento aún, sollozando trata de explicarle. Le pregunta qué ocurre, la exasperación es horrible y su voz no logra articular una sola palabra. Se aferra a su pecho, tiritando más que nunca de miedo, escucha sus palabras cada vez más exaltadas, le gustaría poder explicarle, si tan sólo supiera qué está pasando.
No ve, no puede ver nada, ni decir nada. De pronto ya no oye, no siente su calor. Ni el suyo propio. Busca un latir dentro, pero es demasiado tarde como para darse cuenta de que su corazón explotó en miles de pedazos que cayeron sobre el piso poco antes de llegar a sus brazos. Tantos pedazos que nadie lo notaría jamás. Ni aquella persona que abraza su cuerpo sin respuesta alguna, que sacude su cuerpo sin cesar. Que dice su nombre en su oído, aquella persona no podrá notar el momento exacto en que el último pliegue de su cerebro desapareció. No entenderá nunca que murió de miedo, un miedo frío en su pecho causado por la pérdida violeta asfixiando su amor, un miedo que ni su presencia tardía pudo calmar.
viernes, 30 de enero de 2009
tómese en cuenta.
Característica y requisito primordial de mi príncipe azul: proveedor de sufrimiento gratis.
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lunes, 19 de enero de 2009
dos de tilo.
...me hacía reír sentirme tan vivo y tan despierto al borde del epílogo.
Julio Cortázar, Reunión.
Julio Cortázar, Reunión.
Sus ojos cansados miraron a su alrededor, miró la taza vaporosa e inmaculada delante de sí. Con una tranquilidad fingida, fingiendo incluso que había alguien a quien pudiera fingirle, tomó la cuchara pequeña y un par de hojas que estaban sobre la mesa.
- Ya está, dos de tilo y pasará -dijo, mirando a la taza como si esta fuera a tranquilizarse con la noticia. Luego, dándose cuenta de que la mentira no convencería ni siquiera a un objeto inerte, su mano se movió ágil y nerviosamente, tomando las hojas que quedaban y virtiéndolas en la taza.
- Cuando me vaya -le dijo- necesitaré mucho de ti. Cuando no esté necesitaré que aún cuando esté lejos, tu respiración le dé sentido a la mía. Cuando por fin pueda alejarme de ti.
Ya poco importaba quién de los dos se había ido, quién había abandonado a quién. Al terminar el día, lo que quedaba era que ella estaba sola, en esa casa tan grande donde sólo había tilo y el aire que a veces, mientras la visitaba, movia alguna cosa, o hacía algun ruido para quizás evitar ella se convenciera de que estaba sola en el mundo.
No siempre la soledad es triste. Ni el abandono -pensó levantándose de la silla. Llenó una vez más la taza y se dirigió al jardin en busca de más hojas. Aquel árbol era especial; nació junto a ella. Sus padres lo habían plantado ahí simbólicamente, para que la protegiese y acompañase mientras ella crecía. Eran ya veintidos años de compañía. Ahora había algo desolador en él.
Ella optó por no pensarlo más, no hubieron lágrimas cuando llegó el último día y no supo como ya había pasado un mes desde que se había arropado de lejanía e indiferencia. Sus sueños utópicos de pronto se acurrucaron en algún vericueto de su mente y ella, sin darse cuenta ni preocuparse, cada noche recurría a su único amigo y luego de tomar su té, cerraba sus ojos sin encontrar nada. Qué iba a encontrar si sus sueños estaban sellados, qué iba a soñar si sus ilusiones y su corazón se habían secado por inanición. Ella no lo notaba. Para ella era más sano mentirse a sí misma y a su taza blanca, todo era más fácil creyendo que la culpa la tenía alguna cosa no-poética.
En su reflejo notó las ojeras, sus ojos enrojecidos, su cuerpo escuálido. Acarició su rostro, su cuello. Dejó caer el cabello sobre sus hombros. Se dijo unas frases de consuelo que nadie cree y sonrió tratando de creerlas.
De nada servía un consuelo, era demasiado tarde para acariciar un montón de trizas en el suelo.
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viernes, 3 de octubre de 2008
existencia espumosa
Hay días en que la falta de voluntad me la gana. En que me siento completamente negligente de capacidades y siento que algo de mi poco a poco se va deshaciendo. Me siento tan vacía, con una vida tan frágil y leve, con una importancia nula en el espacio. A veces trato de ser más que esto que me siento y es como si desde dentro de mi cascarón tratara de impulsar que este sea más fuerte y no se rompiera al más leve intento, con resultados letales para mi integridad. Pero no he podido. Sigo sientiéndome volátil e inexorablemente frágil.
Entonces mi mentada fragilidad comienza a vagar entre las excusas, entre las salidas posibles y los escondites. Y voy en declive, destiñiéndome entre la gente que circula indiferente, transformándome a lo incorpóreo que mi mente busca ser, y por lo tanto, mi cuerpo también. Voy buscando la posibilidad de detenerme en el camino a tomar aire, a mover un rato las piernas, bajándome de este movil que pocas veces se detiene, que muchos llaman como existencia o vida. Me canso de la agitación y del hacinamiento que hay en ese movil que me arrastra rápidamente al ocaso de mis años, sin piedad alguna con una velocidad terrible, avanza en el tiempo y quiero marcharme, ser inmortal como el viento, o tan mortal como la espuma, vivir tan poco como para ni siquiera darme cuenta. Y en el avance vertiginoso veo como la gente muere a mi lado, igual de hacinada, casi tan inmóvil como yo, con sus mentes un poco más grises que la mía. Y sus cuerpos se olvidan, desvanecidos en el espacio de la existencia. Entonces se presenta el salvador escape, aunque no escaso de perjuicios. El décimo piso al vacío, las mil técnicas de cómo desaparecer completamente. Pero tampoco es la idea, quiero volver. A veces.
Entonces me entrego a los escapes, entonces me trato de esconder de mí, me vicio. Y hay que elegir entre el vicio de amor o el vicio de otras cosas (igualmente tóxicas). El amor va y viene. Y cuando se va, nos quedamos solos con lo otro (que se vale por sí mismo, entonces es un recurso interminable, para alegria de muchos). Y a veces el amor nunca viene, sólo se va. Entonces, dejo al amor y al desamor en la existencia donde sería el único lugar donde podría existir con sus complejidades.
Allá afuera sólo me explico como espuma y una espuma no ama, para ser más exacto. Y me entrego a lo miserable.
Para olvidar la existencia, toda la gente marchita, la que está en el mundo para marchitar, la gente que hay por marchitar y que algún dia, irremediablemente perderán su belleza de flores y sólo serán abono. No niego que es bello ser flor, que es maravilloso estar ahí, feliz de vivir, con colores radiantes, con listones de color en el cabello y pastizales esperando nuestras risas. Pero, vamos. La alegría no perdura, es sabido. Así que si llega a salir en mi mano en el póker del todo o nada, no la jugaría. Para qué perder el tiempo, uno por naturaleza tiende a llorar como primer impulso, y tiende a morir en el último. Para qué ser optimista si el final es siempre el mismo.
Entonces salgo de la existencia y busco un licor que me entregue la levedad que tanto busco a cambio de mi memoria, mi consciencia y hasta mi dignidad. Deseo intoxicar mi alma, mi brevedad existente, mi falta de capacidades, mi negligencia como mi dueña. Busco cigarros que hagan que mis añoranzas tontas se pierdan entre el humo mortífero. Desprovista de dignidad y memoria, de añoranzas a la existencia, de amor y desamores.
Y fuera de la existencia, estoy completa. Perdida. Con un sabor amargo en la boca, desagradable y problemáticamente feliz, dejando mi cuerpo tejido a tejido dentro de mi tumba. Suicidándome órgano por órgano, lentamente. Despidiéndome del mundo en donde no hay nadie que reciba mi renuncia. Y miro dentro de mí y hay sólo aire. Está o muy oscuro o muy claro y ya no hay nada para ver (o que quiera ser visto). Y despierto existiendo, sofocada por la gente a mi lado. Con dolor de cabeza y de recuerdos vuelvo a acostumbrarme al ritmo y vuelvo a ser lo mismo que la vida quiere que yo sea. Dependiendo del tiempo imborrable, de la circunstancia ineludible y el castigo por vivir.
Entonces mi mentada fragilidad comienza a vagar entre las excusas, entre las salidas posibles y los escondites. Y voy en declive, destiñiéndome entre la gente que circula indiferente, transformándome a lo incorpóreo que mi mente busca ser, y por lo tanto, mi cuerpo también. Voy buscando la posibilidad de detenerme en el camino a tomar aire, a mover un rato las piernas, bajándome de este movil que pocas veces se detiene, que muchos llaman como existencia o vida. Me canso de la agitación y del hacinamiento que hay en ese movil que me arrastra rápidamente al ocaso de mis años, sin piedad alguna con una velocidad terrible, avanza en el tiempo y quiero marcharme, ser inmortal como el viento, o tan mortal como la espuma, vivir tan poco como para ni siquiera darme cuenta. Y en el avance vertiginoso veo como la gente muere a mi lado, igual de hacinada, casi tan inmóvil como yo, con sus mentes un poco más grises que la mía. Y sus cuerpos se olvidan, desvanecidos en el espacio de la existencia. Entonces se presenta el salvador escape, aunque no escaso de perjuicios. El décimo piso al vacío, las mil técnicas de cómo desaparecer completamente. Pero tampoco es la idea, quiero volver. A veces.
Entonces me entrego a los escapes, entonces me trato de esconder de mí, me vicio. Y hay que elegir entre el vicio de amor o el vicio de otras cosas (igualmente tóxicas). El amor va y viene. Y cuando se va, nos quedamos solos con lo otro (que se vale por sí mismo, entonces es un recurso interminable, para alegria de muchos). Y a veces el amor nunca viene, sólo se va. Entonces, dejo al amor y al desamor en la existencia donde sería el único lugar donde podría existir con sus complejidades.
Allá afuera sólo me explico como espuma y una espuma no ama, para ser más exacto. Y me entrego a lo miserable.
Para olvidar la existencia, toda la gente marchita, la que está en el mundo para marchitar, la gente que hay por marchitar y que algún dia, irremediablemente perderán su belleza de flores y sólo serán abono. No niego que es bello ser flor, que es maravilloso estar ahí, feliz de vivir, con colores radiantes, con listones de color en el cabello y pastizales esperando nuestras risas. Pero, vamos. La alegría no perdura, es sabido. Así que si llega a salir en mi mano en el póker del todo o nada, no la jugaría. Para qué perder el tiempo, uno por naturaleza tiende a llorar como primer impulso, y tiende a morir en el último. Para qué ser optimista si el final es siempre el mismo.
Entonces salgo de la existencia y busco un licor que me entregue la levedad que tanto busco a cambio de mi memoria, mi consciencia y hasta mi dignidad. Deseo intoxicar mi alma, mi brevedad existente, mi falta de capacidades, mi negligencia como mi dueña. Busco cigarros que hagan que mis añoranzas tontas se pierdan entre el humo mortífero. Desprovista de dignidad y memoria, de añoranzas a la existencia, de amor y desamores.
Y fuera de la existencia, estoy completa. Perdida. Con un sabor amargo en la boca, desagradable y problemáticamente feliz, dejando mi cuerpo tejido a tejido dentro de mi tumba. Suicidándome órgano por órgano, lentamente. Despidiéndome del mundo en donde no hay nadie que reciba mi renuncia. Y miro dentro de mí y hay sólo aire. Está o muy oscuro o muy claro y ya no hay nada para ver (o que quiera ser visto). Y despierto existiendo, sofocada por la gente a mi lado. Con dolor de cabeza y de recuerdos vuelvo a acostumbrarme al ritmo y vuelvo a ser lo mismo que la vida quiere que yo sea. Dependiendo del tiempo imborrable, de la circunstancia ineludible y el castigo por vivir.
miércoles, 3 de septiembre de 2008
brain fading.
Estos días he estado tan lerda que hasta ganas de escribir poesía me han dado. Guardo un esqueleto de una novela-no-realizable y la certeza de que por más empeño que ponga, nada saldrá de nada porque el círculo me representa. Me siento tonta, me siento como un perro perdido en la lluvia, mirando por ahí, olfateando olores conocidos, viendo si, en una de esas, te veo entre la gente y te miro con la cara de perdida que tengo y me miras y me tomas de la mano y me llevas no sé a dónde, pero a un lugar más seguro de los lugares donde yo puedo estar sola, caminando seguro y firme mientras yo te sigo con pasos torpes de mis piernas cortas, con la torpeza de mi cuerpo tullido de frío y cansado de ser mío.
Entonces nada más importa, nada más importa que quedarme ahí, sentada al lado de la estufa acogedoramente cálida de tu corazón, esperando secarme de tanta lluvia metafísica y tanta pena que ahogo, que llevo aquí dentro, que no se fue más. Y salgo a la calle, a agradecerle al mundo porque tengo donde esconderme cuando la vida me habla golpeado, y salgo sonriendo, y salgo flotando y de pronto la lluvia moja mis alas de papel de diario y no es más la gratitud y no es más la alegría y me grita el mundo, aquí en la oreja. Entonces vuelvo a caminar buscando olores y siempre estás tú, en la micro llena de gente, extendiéndome la mano para no quedarme atrás. Y me siento tonta por perderme, por ser tan débil, por dejar que la pena se me haga lluvia y me moje las alas. Y me da frío y tirito de miedo.
Entonces nada más importa, nada más importa que quedarme ahí, sentada al lado de la estufa acogedoramente cálida de tu corazón, esperando secarme de tanta lluvia metafísica y tanta pena que ahogo, que llevo aquí dentro, que no se fue más. Y salgo a la calle, a agradecerle al mundo porque tengo donde esconderme cuando la vida me habla golpeado, y salgo sonriendo, y salgo flotando y de pronto la lluvia moja mis alas de papel de diario y no es más la gratitud y no es más la alegría y me grita el mundo, aquí en la oreja. Entonces vuelvo a caminar buscando olores y siempre estás tú, en la micro llena de gente, extendiéndome la mano para no quedarme atrás. Y me siento tonta por perderme, por ser tan débil, por dejar que la pena se me haga lluvia y me moje las alas. Y me da frío y tirito de miedo.
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